sábado 28 de noviembre de 2009

H1N1


tekke tekke tekke...tjó tjó tjó tekke tekke tekke...tjó TJÓUAAAGHH!!!

He cogido la gripe y, después de colgar el Biohazard en la puerta, me dedico a buscar estupideces para que me hagan más llevadera la estancia en mi lecho de muerte entre toses y escalofríos.

Esta en cuestión es un vídeo educativo koreano que habla de la transmisión de dicha enfermedad y nos enseña cosas tan básicas como que, si un día, se te acerca como quien no quiere la cosa un bicho monísimo con complejo de Moguri o Teletubbie...aléjate. No quiere darte un beso, lo que quiere es joderte la vida.

srrrñófh!

domingo 15 de noviembre de 2009



Escribir es mirar, o la excusa para mirar.

Todos aquellos que vivimos del cuento deberíamos mirar hasta que nos dolieran los ojos. Yo justifico mi entrometida curiosidad diciéndome a mí misma que lo hago por ustedes.

Por contárselo a ustedes, por ejemplo, me entrego sin reservas a la observación de los cuerpos femeninos en los vestuarios del gimnasio. En España los cuerpos de las mujeres ofrecen una monótona diversidad, nos parecemos mucho. Aquí, en Nueva York, el abanico de la desnudez es una fiesta. Aquí he aprendido a mirar sin que se note.

Estudio, por ejemplo, los cuerpos de las negras. No hablo del estereotipo de la negra obesa, no, mis negras, las que ven mis ojos cada semana, son fastuosas. Una de ellas, la más joven, se aplica crema en el pecho mirándose al espejo: su carne es tan prieta que parece que está untando cera en una figurita de ébano. No hay pudor, casi nadie lo tiene.

Mi joven negra lleva un tanga que le deja al aire un culo que se curva hacia arriba de tal manera que uno podría dejar encima una taza de café. Hay otra negra en el espejo contiguo, tiene una toalla enrollada en el pelo como si fuera un turbante, no sé si es consciente de que es una diosa, pero se comporta como tal. Se pinta los labios de rojo y sonríe al espejo para limpiarse el carmín que le ha manchado en los dientes.

Tiene cuarenta y tantos, es michelleobamesca: posee una fortaleza que le permitiría hacer cualquier trabajo manual sin perder su majestad. En el marrón acanelado de su piel está escrito algo fundamental de su genética, un antepasado suyo fue blanco. Se trata del gran tabú americano: los blancos y los negros están mucho más mezclados de lo que pueda parecer a primera vista. Esa mezcla encierra un pasado de violaciones y abusos, algo que avergüenza a los blancos y tortura a los negros; también de apasionadas historias de amor, algo que avergüenza a los negros.

Mujeres en el baño.

No es extraño que tantos pintores eligieran ese momento para retratar a sus esposas: Bonnard, Rubens, Hopper, Sorolla, todos ellos se valieron de la complicidad amorosa para penetrar en el momento más íntimo del día. No es comparable la sensualidad de ese momento robado a una mujer normal que el artificio de una modelo que posa para la cámara de un fotógrafo. ¡Cuánto disfrutaría un fotógrafo o un pintor si pudiera moverse invisible entre todas estas mujeres despojadas de los adjetivos que proporciona la ropa! Cuánto disfrutaría cualquier amante de las mujeres si pudiera estudiar el cuerpo humano en todas las edades de la vida.

A mi lado, una anciana enjuta se ha sentado para ponerse las medias. Su abdomen se arruga en pliegues muy pequeños, como si fuera un acordeón y la ausencia de carne la hace parecer muy frágil, algo temblorosa, una vulnerabilidad que se esfuma en cuanto se mete dentro de un traje de chaqueta y sale por la puerta con aires de señora elegante.

Las abuelas gordas, en cambio, se mueven hacia la ducha con andares de generalotas, están en ese momento de la vida en que el cuerpo de la mujer se agallina y se convierte en un abdomen total sostenido por dos patillas delgadas.

Estas señoras hablan entre ellas con las tetas al aire, algo que cohíbe a las jovencillas que se preguntan cómo alguien muestra su cuerpo en decadencia sin avergonzarse. En su cabeza no cabe que lo que ven es lo que ellas mismas serán. Las chinas son un capítulo aparte; si no fuera por el pecho parecerían niñas, todas proyectan un aire escolar. Tienen una inclinación obsesiva hacia los sujetadores de encaje lo cual les confiere una imagen de inocencia pervertida.

Los hombres americanos sueñan con una asiática dócil que les mime, no saben que muchas de esas chinas llevan ya una americana expeditiva en el cerebro.

Hay mujeres que dan pena.

A mi lado solía vestirse una mujer enferma. Un saco de huesos con una pequeña barriga hinchada, como las de los niños hambrientos de las campañas del hambre. Una vez me dijo: "Su perfume... Me trae recuerdos...". Creí que se iba a echar a llorar o que iba a derrumbarse. Me he mudado de casilla por miedo a que me denuncie por un perfume demasiado evocador. Ahora me arreglo al lado de una americana tetona; las americanas tetonas abundan y encajan en un país obsesionado con las tetas. La piel de mi tetona es tan blanca que parece que sólo se alimentó de leche; los pezones, tan rosas, que se confunden con el resto del pecho. Es como una gran cerda, me gustaría amasarla.

Mujeres desnudas.

Se embadurnan de crema, se suben el pecho con el sujetador, se pintan, se arreglan el pelo, se calzan tacones y se lanzan a la calle. La ropa las hace ejecutivas, modernas, cursis, estudiantas, profesorales, amas de casa o señoronas, pero antes, unos minutos antes, han sido tan sólo mujeres desnudas. Y yo entre ellas, aunque este trabajo me permita ser la intrusa que observa.



Fuera, en la calle, serán bondadosas o mezquinas, pero la delicada concentración con que se entregan a su arreglo personal me produce una inexplicable emoción, me hace acordarme de esa frase de Mark Twain en su discurso The Ladies: "Las fases de la naturaleza femenina son infinitas en su variedad. Toma cualquier tipo de mujer y encontrarás en ella algo que respetar, algo que admirar, algo que amar".


Elvira Lindo.

Foto: La Venus de Urbino (Tiziano).

martes 1 de septiembre de 2009

Amado:

He resistido la tentación de escribirte desde que supe que eras el autor de esas misivas ardientes que, desde hace dos semanas, han llenado esta casita de llamas, de alegría, de nostalgia y de esperanza, y a mi corazón y a mis entrañas del dulce fuego que abrasa sin quemar, el del amor y el deseo unidos en matrimonio feliz.

¿Para qué ibas afirmar unas cartas que sólo tú podías escribir? ¿Quién me ha estudiado, formado, inventado, como tú lo has hecho?
¿Quién podía hablar de los puntitos rojos de mis axilas, de las rosadas nervaduras de las cavidades ocultas entre los dedos de mis pies, de esa «fruncida boquita circundada por una circunferencia en miniatura de alegres arruguitas de carne viva, entre azulada y plomiza, a la que hay que llegar escalando las lisas y marmoleas columnas de tus piernas» ?

Sólo tú, amor mío.

Desde las primeras líneas de la primer a carta, supe que eras tú.
Por eso, antes de terminar de leerla, obedecí tus instrucciones. Me desnudé y posé para ti, ante el espejo, imitando a la Dánae de Klimt. Y volví, como tantas noches añoradas en mi soledad actual, a volar contigo por esos reinos de la fantasía que hemos explorado juntos, a lo largo de esos años compartidos que son, para mí, ahora, una fuente de consuelo y de vida a la que vuelvo a beber con la memoria, para soportar la rutina y el vacío que han sucedido a lo que, junto a ti, fue aventura y plenitud.

En la medida de mis fuerzas, he seguido al pie de la letra las exigencias —no, las sugerencias y ruegos— de tus siete cartas.
Me he vestido y desvestido, disfrazado y enmascarado, tumbado, plegado, desplegado, acuclillado y encarnado —con mi cuerpo y mi alma— todos los caprichos de tus cartas, pues ¿qué placer más grande, para mí, que complacerte? Para ti y por ti, he sido Mesalina y Leda, Magdalena y Salomé, Diana con su arco y sus flechas, la Maja Desnuda, la Casta Susana sorprendida por los viejos lujuriosos y, en el baño turco, la odalisca de Ingres.
He hecho el amor con Marte, Nabucodonosor, Sardanápalo, Napoleón, cisnes, sátiros, esclavos y esclavas, emergido del mar como una sirena, aplacado y atizado los amores de Ulises. He sido una marquesita de Watteau, una ninfa del Tiziano, una Virgen de Murillo, una Madonna de Piero della Francesca, una geisha de Fujita y una arrastrada de Toulouse-Lautrec.
Me costó trabajo pararme en puntas de pie como la ballerina de Degas, y, créeme, para no defraudarte, hasta intenté, a costa de calambres, mudarme en eso que llamas el voluptuoso cubo cubista de Juan Gris.

Jugar de nuevo contigo, aunque a la distancia, me ha hecho bien, me ha hecho mal. He sentido, de nuevo, que era tuya y tú mío.
Cuando terminaba el juego, mi soledad aumentaba y me entristecía aún más. ¿Está perdido, para siempre, lo perdido?
Desde que recibí la primera carta, he vivido esperando la siguiente, devorada por las dudas, tratando de adivinar tus intenciones. ¿Querías que te contestara? ¿O, el enviármelas sin firma indica que no quieres entablar un diálogo, sólo que escuche tu monólogo? Pero, anoche, después de haber sido, dócilmente, la hacendosa señora burguesa de Vermeer, decidí responderte.

Algo, desde ese fondo oscuro de mi persona que sólo tú has buceado, me ordenó tomar la pluma y el papel.
¿He hecho bien? ¿No habré infringido esa ley no escrita que prohibe a la figura de un retrato salirse del cuadro a hablarle a su pintor?

Tú, amado, sabes la respuesta.

Házmela saber.




lunes 10 de agosto de 2009

Imperativos del sediento viajero

Ésta es una orden de tu esclavo, amada.


Frente al espejo, sobre una cama o sofá engalanado con sedas de la India pintadas a mano o indonesio batik de circulares rojos, te tumbarás de espaldas, desvestida, y tus largos cabellos soltarás.


Levantarás recogida la pierna izquierda hasta formar un ángulo. Apoyarás la cabeza en tu hombro diestro, entreabrirás los labios y, estrujando con la mano derecha un cabo de la sábana, bajarás los párpados, simulando dormir. Fantasearás que un amarillo río de alas de mariposa y estrellas en polvo desciende sobre ti desde el cielo y te hiende.

¿Quién eres?

La Dánae de Gustave Klimt, naturalmente. No importa quién le sirviera para pintar ese óleo (1907-1908), el maestro te anticipó, te adivinó, te vio, tal como vendrías al mundo y serías, al otro lado del océano, medio siglo después. Creía recrear con sus pinceles a una dama de la mitología helena y estaba precreándote, belleza futura, esposa amante, madrastra sensual.

Sólo tú, entre todas las mujeres, como en esa fantasía plástica, juntas la pulcra perfección del ángel, su inocencia y su pureza, a un cuerpo atrevidamente terrenal. Hoy, prescindo de la firmeza de tus pechos y la beligerancia de tus caderas para rendir un homenaje exclusivo a la consistencia de tus muslos, templo de columnas donde quisiera ser atado y azotado por portarme mal.

Toda tú celebras mis sentidos.

Piel de terciopelo, saliva de áloe, delicadada señora de codos y rodillas inmarcesibles, despierta, mírate en el espejo, dite: "Soy reverenciada y admirada como la que más, soy añorada y deseada como los espejismos líquidos de los desiertos por el sediento viajero".



Ésta es una súplica de tu amo, esclava.



lunes 6 de julio de 2009

Retorno programado a la infancia





Una de las joyitas que puedes ir a ver cuando estés paseando sin rumbo por Dénia es el precioso Museu de Joguets que hay en la calle Calderón.
En él se exhiben juguetitos fabricados en esta ciudad que abarcan distintas épocas, desde los inicios de las primeras fábricas en 1904 hasta la década de los 60.
Uno de los puntos a favor es que la entrada es gratis y, para pasar el ratillo, está bastante bien, y si encima te gustan las cosillas antiguas y sobretodo los juguetes, ya puedes prepararte para disfrutar como un enano (nunca mejor dicho).
Todos los juguetes tienen un aire retro encantador y, por supuesto, están hechos y pintados a mano, con lo cual sobra decir que es precisamente su imperfección lo que les da tanta carisma.

Yo lo recomiendo encarecidamente, aunque os aviso que después de ir, tendréis ganas de romper las vitrinas y llevároslos a casa a dos manos.

viernes 26 de junio de 2009

Eterno moonwalk



miércoles 6 de mayo de 2009

Olía diferente.



Porque soy pelirroja, dijo ella.Y aunque la conocí una noche de perros y estaba sólo ella en el bar, habría sido la única.Sostenía su vodka como si le fuera indiferente que se le cayera, a sabiendas de que siempre había diez que le invitaran a uno. Era esa clase de mujer que convertía a los niños en hombres y a los hombres en niños.

Uno podía perder su cartera en su mata de pelo.Y la cordura también.Su escote incitaba al suicidio, aunque no me habria importado vivir atrapado entre sus insolentes piernas.

No le pedí que se casara conmigo esa misma noche porque sabía que diría que sí sólo por incordiar.Después me sacaría de quicio, me desvalijaría y me sustituiría sin malgastar siquiera uno de sus trucos.

Aunque sabía que la llevaría a la cama antes de acabar el segundo asalto, le dejé creer que me había alistado.

Exhibiéndose por mi cuarto, escurría las botellas de vino hasta no dejarles ni gota.

Me dije que si esa criatura hacia el amor con el mismo entusiasmo con que bebía, al día siguiente podía estar muerto.

Se enredaba con las palabras mientras encendía cigarrillos que desairaba al minuto. Fumaba sin tragarse el humo, curioseandome osadamente, como una niña que está aprendiendo a ser chica mala.

Y fue ella quien me besó primero, con la precipitación de quien quiere atajar por reserva. Su coraza viraba piel suave con la caricia justa, mientras me gemía al oído que nunca podría quererme.

Me secuestraron el corazón y no conseguí pagar el rescate, sobreactuó.Hacía como que no le dolía y yo enloquecí dentro de su portentosa maraña de contradicciones.

Estaba realmente preciosa cuando me miraba provocándome una vez más. Se aflojó entre mis brazos presumiendo que me quedaría toda la noche mirándola.

Y por la mañana, tanto la chica buena como la mala se marcharon juntas con un portazo que sonó a chispazo de algo.


Y ya no sabes qué hacer con tanto amor, nena, píntate los labios de rojo y véndelos al mejor postor...

Foto cedida por nuestra respetabilísima dama Apocopía

lunes 13 de abril de 2009

Resulta que a menudo los recuerdos propios nos parecen ajenos.

Ignoro de qué sustancia extraordinaria está confeccionada la identidad, pero es un tejido discontinuo que zurcimos a fuerza de voluntad y de memoria.

¿Quién fue, por ejemplo, la niña que yo fui?¿Dónde se ha quedado, qué pensaría de mí si ahora me viera?

Tampoco mi cuerpo sigue siendo el mismo: no sé dónde leí que cada siete años renovamos todas las células de nuestro organismo.
Así es que ni siquiera mis huesos, de los que hubiera esperado cierta contumancia y continuidad, son presencias fiables en el tiempo.
Desde el astrágalo del pie al diminuto estribo del oído, todos esos huesecillos y huesazos han ido mutando con las décadas.

Nada hay hoy en mí que sea igual a la Elisa de hace veinte, diez, cinco años.
Nada, salvo el empeño de creerme la misma.

Esa voluntad de ser es lo que los burócratas llaman identidad; o los que los creyentes llaman alma.Yo me imagino a la pobre alma como una sombra flojamente entretejida en el vapor de una tela de araña; y esa sombra se aferraría con dedos transparentes a las células vertiginosas de la carne (células veloces que mueren y que nacen a toda prisa) intentando mantener la continuidad, de igual manera que una vasija, puesta debajo de un grifo y rebosante de agua, impone en el líquido una misma forma, aunque el agua que contenga nunca sea la misma.

O sea, que bien mirado, somos como botijos rebosantes.
Gracias a los desvelos de esa alma sombría, en fin, puedo decir ahora que este cuerpo mutante es mi cuerpo.Lo cual es un alivio y simplifica mucho las cosas a la hora de escribir en primera persona.
Pero en realidad yo no soy la que fui ni la que seré; como mucho, no soy más que este instante de conciencia en la negrura, y ni siquiera estoy segura de eso, porque a menudo me veo a mí misma desdoblada.Sobretodo en los recuerdos grabados a fuego.
No sé qué tienen los momentos de acción, que tienden a ser vividos disociados, o aún más disociados que otros instantes de la vida.

Cuando sufrimos un accidente, cuando nos caemos por las escaleras, cuando corremos los metros finales para ganar un premio deportivo: al rememorar todos esos instantes siempre los sentimos como imágenes exteriores, como recuerdos de otro.
Y qué decir de la sexualidad, que es acción por excelencia, esquizofrenia pura: nos vemos en la distancia como los protagonistas de una película pornográfica (a veces, cuando hay suerte, como los protagonistas de una buena película).

Y todavía hay más: sucede que en ocasiones no alcanzo a distinguir con nitidez un recuerdo mío del pasado de algo que soñé o imaginé, o incluso de un recuerdo ajeno que alguien me narró vívidamente. Como cuando un amigo o una amiga te cuenta algo fascinante.
Sé que yo no soy ninguno de los dos, pero de algún modo siento sus memorias como si fueran mías; y así, creo haber vivido su infancia, sus malos tragos, las quemazones de sus pérdidas.
Aunque a veces imagino que en realidad todo es imaginario; que vivimos un presente dormido desde el que soñamos que tenemos pasado.


De modo que yo, Elisa, sonaría que viví veinte años antes de este presente eterno, y puede que incluso sueñe que un día conocí a otra gente que a su vez me contaron lo que soñaban.