Ver lo visible- Antonio Muñoz Molina.

(De Melkmeid- "La lechera". Vermeer)

"En un cuadro de Vermeer hay sólo una o dos figuras y unas pocas cosas en una habitación y sin embargo no se termina de ver nunca. La luz que entra por una ventana situada a la izquierda viene filtrada por gruesos cristales y es casi siempre una luz de invierno o de patio, que roza delicadamente las caras, los tejidos, los objetos, y favorece sombras suaves, como halos de presencias fantasmas. No sucede nada o casi nada en apariencia y hay algo escondido que está sucediendo siempre, delante de los ojos que miran, que descubren más cosas cuanto más atentamente recorren el cuadro, mientras la conciencia deja en suspenso los propios pensamientos y la agitación de alrededor y poco a poco se queda apaciguada en una quietud muy semejante a la que representa la pintura.
El cuadro, como una música, sucede en el tiempo. El silencio de la habitación interior se traspasa a la sala del museo. La luz nublada atraviesa la ventana con la monotonía de una mañana de invierno, reflejándose en una pared de yeso desnuda, pero uno de los cristales está roto, y en consecuencia un pequeño tramo del marco está más vivamente iluminado. Pero no es luz lo que fluye, aunque lo parezca: es una diminuta pincelada rosa, y haberla advertido es una satisfacción tan íntima como la de fijarse en el clavo de la pared y después en el agujero de un clavo arrancado.
Al fin y al cabo, esta pared no es la de uno de esos gabinetes en los que las damas de Vermeer leen cartas o permanecen pensativas o escuchan una música o el relato de un viajero, sino la de una cocina, una cocina más bien destartalada en la que debe de hacer frío, y en la que una sirvienta de brazos fuertes y enrojecidos por el agua helada de los fregaderos está vertiendo poco a poco la leche de una jarra en un cuenco, sobre una mesa en la que hay un cesto de mimbre y panes de corteza rubia y crujiente, y una jarra de cerámica azul marino que probablemente contiene cerveza.

En el laberinto formidable del Metropolitan, un pequeño cuadro de cuarenta centímetros de lado borra esta mañana de septiembre todo lo demás: tesoros de milenios, templos egipcios enteros, ríos de turistas, hectáreas de pintura alegórica.
Delante de esta mujer de Vermeer que mira ensimismada cómo el hilo de leche se desborda de la jarra y cae lentamente en el cuenco uno sabe que toda urgencia ha desaparecido, que al menos hoy no va a sentir la impaciencia de ver o hacer más cosas. Desde lejos deslumbra por encima de todo un azul que ninguna reproducción puede trasmitir fielmente, con una vibración de mineral y de ascua, hecho con lapislázuli molido. El blanco de la leche deslizándose sobre el pico rojizo de la jarra es el mismo que el del tocado sobre la cabeza de la criada, que tiene una textura tan áspera como su ropa de trabajo invernal, y está disuelto en los grises de la pared y en los cristales de la ventana.
Incluso en una escala tan pequeña, la figura humana y las cosas humildes que la rodean tienen una cualidad escultórica, el misterio de una liturgia, la dignidad de un trabajo manual que se hace en la parte menos noble de la casa y sin embargo requiere destreza y concentración absolutas. La cocinera está probablemente preparando una especie de pudding; en el cuenco hay ya huevos batidos, y después de añadir la cantidad adecuada de leche y tal vez la cerveza de la jarra azul se pondrán en remojo los trozos de pan, y el cuenco, con una tapadera también de barro, se dejará en el horno durante varias horas. La caja que hay en el suelo es un brasero de pies: fijándose más se ve un recipiente de barro en el que hay unas ascuas, lo cual refuerza la sensación del invierno, de un frío acentuado por la humedad que oscurece la pared debajo de la ventana. Un cesto de mimbre cuelga de la pared, muy alto, porque se guardarán en él alimentos fuera del alcance de los ratones; junto a él, una vasija de cobre refleja la luz con un brillo metálico y proyecta una sombra débil sobre la superficie no muy limpia del yeso.
Ajena a todo y ensimismada en su tarea, la cocinera tiene una expresión casi risueña, de labios entreabiertos y ojos entornados, complacida en lo que ven sus ojos y lo que tocan sus manos, el asa de barro cocido que sostiene la derecha y la panza que se apoya en la palma abierta de la izquierda.

El éxtasis de la mirada sobre las cosas concretas tiene una parte de misticismo y de poesía y otra de adelanto científico. Es probable que Vermeer conociera la invención enigmática de la cámara oscura, que permitía proyectar las imágenes de la realidad sobre un plano luminoso, ofreciendo un grado alucinante de detallismo. Pero sus habitaciones, pobladas de objetos tangibles que se repiten de unos cuadros a otros, son espacios ideales y no lugares cotidianos, y las damas elegantes que aparecen en ellas no tienen nada que ver con la vida del propio Vermeer, un artesano de éxito moderado que cayó en la ruina un poco antes de morir, a la edad temprana de 43 años. En las casas de la pintura de Vermeer intuimos un recogimiento entre contemplativo y sensual, habitado por voces que cuentan cosas en voz baja, por ecos de pasos sobre tarimas muy pulidas y tal vez ráfagas de música que vienen tras una puerta entornada, mezclándose con un tintineo sutil de copas de cristal. Pero la casa en la que él vivía y pintaba era de dimensiones mucho más mezquinas, y aunque cerrara la puerta de su taller no dejaría de escuchar el estrépito de sus 11 hijos, las voces de su mujer, que pasó embarazada la mayor parte de su vida adulta, el trajín de las criadas.

En la misma calle, en una casa cercana, alguien más se dedicaba al extraño oficio de mirar las cosas habituales como nadie las había mirado nunca antes. A unos pasos de Vermeer vivía Antonie van Leeuwenhoek, fabricante de microscopios y quizás también de cámaras oscuras, a quien se deben algunas de las primeras descripciones detalladas de los seres invisibles que pululan en una gota de agua o de saliva, en los restos de comida que quedan entre los dientes. Vermeer observa una corteza de pan o la superficie de la pared de una cocina y está viendo y mostrándonos mundos tan asombrosos como los que había descubierto Galileo cincuenta años atrás al mirar por su telescopio. Quizás Van Leeuwenhoek, que tenía una edad parecida a la suya y fue su albacea testamentario, le hizo observar las cosas ínfimas agigantadas por la lente del microscopio. No había nada que mirado atentamente no fuera memorable. Pintar era una tarea tan material, tan sagrada, como verter leche en un cuenco y preparar un alimento sabroso. Pintar era apresar ese instante fugitivo que parece inmóvil y sigue sucediendo todavía."


No me considero una persona esencialmente navideña, como he dejado patente en otras entradas escritas en tales fechas, pero, supongo que como el resto de mortales, intento ver el lado positivo de la Navidad debajo de toda la máscara futil y trivial para poder sobrellevarla con cierta dignidad y porque, a pesar de todo, aún me quedan ciertos resquicios infantiles que en estas fechas afloran y me hacen morir de emoción cuando veo los turrones y las lucecitas de colores (soy una persona que brilla por su simpleza), así que, dejando de lado los pensamientos perniciosos, voy a aprovechar para felicitaros brevemente.

(Os deseo) ¡FELICES FIESTAS!

Mi vida en una viñeta.

(click para agrandar, que si no, no se ve una jipia).

De verdad, hay veces que simplemente soy GILIPOLLAS.

Espectros.



Siempre me gustaron los hoteles.
Y, en concreto, las habitaciones de hotel, esos privados recintos alquilados.
De ello me di cuenta cuando era muy pequeña, cuando, ante la perspectiva de un viaje, me aseguraba de que nuestra estancia no fuera en casa de nadie conocido, o ni siquiera, de nadie en concreto. Me gustaba que el dueño no tuviera nombre, ni rostro, o que directamente, no tuviera dueño.

Pese a todo pronóstico, la estancia en casa de personas conocidas tienen escaso interés para mí, aunque sean casas que aún no he visitado o personas que conocí hace poco tiempo. Las casas son demasiado evidentes, muestran sin ambages ni tapujos las características y gustos de sus propietarios, carecen de misterio para mí.

En cambio, las habitaciones de hotel me parecen terriblemente estimulantes, con ese aire neutro con el que pretenden ser decoradas, en todas los mismos cuadros impersonales, las lámparas y ropa de cama, el baño, tan aséptico y estéril. Los cepillos y jabones cuidadosamente empaquetados e inviolables. Son como la tundra, lugares desconcertantes y gélidos.

Sin embargo, precisamente debajo de esa aura de estricta imparcialidad se ocultan grandes tesoros, historias fascinantes con cientos de protagonistas distintos.
Dormir en un colchón ya usado muchas veces me hace fantasear con la existencia de mis predecesores; las cuatro paredes del habitáculo donde estoy encierran instantes de amor y odio, curiosidad, viajes de negocios, historias de faldas, contrabando, abuso de menores y todo tipo de perversiones, búsqueda de inspiración para novelas y canciones, infidelidades poderosas y también, estancias anodinas que se pierden en la memoria y no son recordadas ni por sus propios protagonistas.
Toda esa comunicación íntima llevada a cabo en un terreno tan insípido.

No negaré que posiblemente se trate de un pueril sentimiento novelesco provocado por la influencia de la literatura y el cine: las grandes historias suelen fraguarse en la inofensiva protección de un hotel. Pero llevo tiempo acariciando esa sensación y resulta para mí tan deliciosa como una cucharada de miel.
Imagino las carcajadas y conversaciones, la violencia, el deseo punzante, el miedo a lo inevitable, la búsqueda y la pérdida y la lucha constante. Al fijarme en la cabecera de mi cama, advierto una serie de arañazos imperturbables al paso del tiempo, prueba irrefutable de que allí, antes que yo, habría alguien (o alguienes) que entre jadeos y con manos crispadas ha dejado que el esqueleto de metal emerja sangrando bajo su capa de pintura. Aunque claro, la visión de esas señales dependen del empeño que pongan los encargados de mantenimiento en ocultarlas, arreglando los muebles, puliendo la madera, limpiando el hierro y el cristal, pintando los desconchados como una prostituta que intenta fingir la candidez que no posee.

Aquí han pasado familias con niños, matrimonios aburridos buscando en vano un lugar donde perecer, prostitutas, corazones solitarios, jóvenes de viaje...fugitivos, todos y cada uno de ellos, incluida yo. Todos ellos deseando escapar de algo o de alguien, ficticio o real y estar en un sitio que ha servido como área de descanso para cientos de desertores tiene algo especial, punto de encuentro de miles de historias sólo conectadas por esta cama.

Hace frío esta noche. Fantasearé la crónica de la existencia de esos arañazos una vez más.