Debido a la acumulación de libros de cursillos, apuntes, nóminas y revistas que, religiosamente, cada 6 meses llegan desde el Colegio de Enfermería a mi buzón, no me quedó otra elección que retirar varios libros infantiles y de mi adolescencia que habían logrado sobrevivir a la anterior limpieza doméstica.
Así pues, con cierta pena pero también cierto alivio (tengo que reconocer que algunos quería quitarlos ya de mi vista) fui retirando los libros de Marian Keyes (aunque me pese por no ser precisamente de temática intelectual, he de reconocer que me gustaban), mis libros de historia fantástica; esos libros enormes que pesaban como la mala conciencia, de portadas negras con dragones y ornamentos medievales estampados, la saga (incompleta) de Harry Potter, que acabé abandonando por aburrimiento y alguna que otra revistilla de propaganda.
Suelo tener los libros organizados, en la medida que me lo permite mis estrechas estanterías, por categorías.
Antes, cuando era niña, mi habitación gozaba de la suerte de dos estanterías de unos seis o siete estantes, amplias y anchas, que me preocupé en su momento de abarrotar con cintas de vídeo, todas, por supuesto, de dibujos animados, tebeos y una pequeña colección de conchas marinas. Luego, caí en la descerebrada adolescencia y sucumbí a los gritos inconscientes de mi cabeza que ansiaban un cambio de estilo en mi habitación, como si eso me fuera a otorgar la rebeldía de la que carezco. Y me decanté por dos filas de estanterías colgadas que asemejaban cajas de madera, pegadas unas con otras, pero tan estrechas que me limitan muchísimo el tener todos los libros que desearía, de modo que he de ir reciclando cada determinado tiempo.
También tengo otra estantería de pie, al lado de mi cama, en la que están todos mis cómics y mis libros de animales, en la cual no se ha realizado ninguna limpieza y, por el momento, no se realizará.
Así pues, en un segmento de la estantería de cajas tengo mis libros que yo denomino "de competencia profesional": gruesas encuadernaciones de gusanillo de apuntes, cursos, libros de medicina y de enfermería, manuales, enciclopedias ilustradas, guías de cuidados. Le siguen, en otro cajón, mis libros de "adulta seria y cultureta aficionada"; Bukowski, Silvia Plath, Torcuato Luca de Tena, Rosa Montero, Paul Válery, Ortega y Gasset, Miguel Hernández, Antonio Muñoz Molina, y algún que otro libro clásico tipo "La Dama de las Camelias" o "Madame Bovary".
Y encima de estos, mi pequeño escuadrón superviviente, mis libros de infancia. Ahí están, con las puntas de sus portadas dobladas, descoloridas, "Los hijos del vidriero", "Calavera de Borrico", "El corazón de la Manzana" y algunos más de la saga "El barco de vapor" y, entre ellos sin duda mi favorito, Las Brujas, de Roal Dahl, del cual espero poder dedicarle una entrada dentro de poco.
Los miro y recuerdo las horas de inconmesurable felicidad que me proporcionaban, leyendo los pasajes que me gustaban, admirando las ilustraciones para luego tratar de imitarlas.
Hace mucho, muchísimo tiempo que no los leo, pero deshacerme de ellos, aunque sólo consista en apartarlos en una caja y guardarla en el armario, se me antoja descorazonador y no puedo hacerlo.
Pero tengo que reconocerlo, apenas pintan ya nada en esta habitación de enfermera de 22 años responsable con trabajo, y además, realmente necesito el sitio que ocupan para poder seguir apaisando allí nuevos apuntes, nuevos libros de oposiciones, nuevas revistas de técnicas enfermeras, nuevos libros de adulto.
Voy cogiéndolos uno a uno, y los voy apilando en una caja de cartón, dispuesta a no mirar atrás. Sin embargo, me permito unos instantes para despedirme de ellos, ojeandolos rápidamente.
Y hete aquí que, en las primeras páginas de uno de ellos, me topo con una frase que me encantaba de niña y que, a día de hoy, pese a su simpleza, me sigue pareciendo maravilloso su intencionado significado.
Olegario no quiere crecer.
Dice: -Creces y la fastidias. Tiene razón. Creces y se apagan los duendes, todo no será jamás una fortuna, y si bajas el río dentro de una tina, serás un señor que a lo mejor se ha vuelto loco en vez de un heroico capitán en busca de las Islas Perdidas.
-Lo malo es que si no creces, nunca tendrás un hermoso bigote.
Sonrío y pienso que, inevitablemente sí, hemos crecido. Y tengo que guardar, mal que me pese, los últimos símbolos de mi infancia para dejar paso a otros no menos importantes.
Y al final, los he dejado. Levanto la vista y ahí están, unos juntos a otros, apretaditos, con sus forros de plástico transparente que mi madre, mi hermano y yo nos dedicábamos a ponerles al comienzo de cada curso para evitar que se estropearan. Sé que me sonríen y me invitan a que los abra, y vuelva a leérmelos de un tirón, para contarme qué pasó con Ingo y el dragón, o si Joyce y sus hermanos pudieron encontrar a su madre después de la II Guerra Mundial, o de qué manera Ulises Cabal descubrió a el fantasma del colegio embrujado en Salamanca o qué pasó con La Gran Bruja que convertía niños en ratones.
El condicionamiento es tan fuerte y poderoso que, si no fuera por las señales externas que recibo, me siento como si volviera a tener 10 años, los pies no me llegan al suelo desde la silla y mi madre está diciéndome desde la cocina, de la que sale el olor de la inminente cena, que tengo que ducharme antes de irme a dormir.
Siempre existen momentos en los que uno puede volver a ser niño.
4 comentarios:
Es una pena contemplar el cadaver de la infancia. Pero hay que ser fuertes, cabezones. Buscar a ese niño que sobrevivió a ese cambio, alimentarlo y cuidarlo, aunque sea en secreto y a escondidas de este nuevo mundo.
El Olegario ese, no es por nada, pero parece un poco Nini ¿que pretende, vivir de los padres toda la vida? ¡Annnnda ya!
"¿¿Cómo dices, Olegario?? que eres un niño de la posguerra?? crees que eso me importa algo?? Anda, hazme el favor, remiendate esos harapos zarapastrosos que me llevas y constrúyeme una iglesi, por el amor de Dios!"
Mónica "aquínodescansanadie" dixit.
Que sepas que me has recordado a aquel comentario tan épico de:
"
-Ooh! qué conejitos tan monos!!!
-En una paella a la leña están más monos. O al ajillo."
Por tu culpa ahora cuando veo conejos la sombra de una paella planea en mi mente.
Parece ser que al final sucumbiste a sus alaridos y te lo leiste de una tacada.
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