Hace ya unos días, me llamó una persona de la cual hacía mucho que no sabía.
El individuo en cuestión fue, durante un período de tiempo, si se le puede llamar así, porque a cualquier chiquillada en aquellos tiempos se le otorga ese título, mi novio.
Cuando oí su voz, tan alegre como siempre, no supe qué decir.
He de aclarar que no era porque le guardara un rencor asesino, y cada vez que supiera de él me rasgara las vestiduras a lo dama victoriana mientras juro clemencia a los dioses con el puño alzado, sino porque, a diferencia de otras personas, incluso de mí misma, sonaba igual de alegre, igual de despreocupada, que cuando estábamos juntos.
Que cuando lo conocí.
Era un chico que tenía una alegría contagiosa, y tenía una forma de ver el mundo un tanto caótica, digna de un bipolar de pura cepa. Inmediatamente eso me atrajo, porque en esa época de mi vida yo también me sentía así, y ya se sabe que, por mucho que se diga que los polos opuestos se atraen, lo que se atraen entre sí, verdaderamente, son los iguales.
El aura que le rodeaba era soleada y feliz, como esos dibujos ultracoloreados que hacen para niños, llenos de arcoiris, sonrisas y gente saltando al grito de guerra de: "¡Viva la vida!¡Qué bonito es vivir!" y demás frases insustanciales pero, qué demonios, animan.
Llamaba para saber de mí. "Poco te puedo decir", dije. Mentira, por supuesto.
Hacía mucho, mucho tiempo que no cruzábamos palabra. Él se rió y empezó a contarme sus peripecias, hablamos de amigos comunes, de los cuales hacía tiempo que no sabíamos nada. "Hace poco les llamé", me dijo. "Y, ¿qué tal?" pregunté yo, con pocas ganas de saber, ciertamente. Hablamos de nuestros respectivos novios, como si jamás él y yo hubiéramos compartido nada parecido.
Y nos sorprendimos mutuamente de haber encontrado nuestras hormas de zapato, personas capaces de sobrellevar nuestro destructivo carácter y sacar siempre lo mejor de nosotros.
Y no pude evitar pensar en aquel desenlace.
A pesar de cualquier mala noticia, o revés que él sufría, siempre estaba de buen humor.
Al final, eso me resultó tedioso.
No podía soportar que cualquier problema le supusiera una bobería, se encogiera de hombros y acto seguido, se pusiera, con esa energía hiperactiva que tenía, a hacer triquiñuelas como un saltimbanqui pastillero, acentuada por esa extrema delgadez que le caracterizaba, anguloso como un insecto palo, como un payasillo de un circo venido a menos. Jamás lo noté abatido, aunque sí enfadado, pero enseguida disipaba el mal humor y ya estaba de nuevo con la sonrisa en la cara, enmarcada por ese pelo rubio tan largo.
Yo estaba triste, enfadada con todo y con todos, y tanta alegría y jovialidad a mi alrededor me desesperaba, y sí, lo reconozco, era porque no podía seguirla, ni compartirla.
Y acabé arrastrándolo conmigo.
Cuando por fin se acabó todo, he de confesar que me sentí aliviada, como si me estuviera ahogando y de repente me hubieran ofrecido coger una cuerda.
No podía ni era capaz de hacerme cargo de una personalidad así, en aquellos tiempos. Contrariamente a mis expectativas, ya que pensé que un compañero así me libraría de todos los males, y me hiciera volverme igual de despreocupado y encogerme de hombros al mismo tiempo que él ante el mundo.
Craso error, eso dependía solamente de mí.
Han pasado ya varios años de aquello, y, sinceramente, me gustó saber de él, y notar que sigue siendo igual de alegre e inocentón que cuando teníamos 18 años.
Aún es capaz de llamar a personas que él echa de menos y decírselo, sin miedo a no ser correspondido de la misma manera, aún es capaz de llamar sin pensar si estará bien o mal lo que ha hecho, si es eso lo que le dicta su corazón y su conciencia. Y eso me parece admirable.
¿Cuántas veces, todos nosotros, nos hemos reprimido de llamar a aquella persona por los modales impuestos, por la educación recibida, que nos enseña que no es buen momento, o que es mejor dejarlo así?
Lo más agradable de todo, es que se confirma la teoría de mi bienamado amante amantísimo, mi petit gâteau, R.
Pero para explicarla sería necesario otro largo y denso post que dejaré para otra ocasión, que ya está bien.
¡Besos húmedos a todos!
2 comentarios:
Me ha encantado esta entrada tuya. Me siento muy identificado con fragmentos de cada uno.
^____^
Me alegra ver que sigues dando vueltas y reflexionando sobre cosas que para otra persona se quedaría simplemente un conversación de telefono normal.
Es algo que te hace especial y espero que no lo pierdas nunca.
Le Petit Gâteau >^w^<.
Publicar un comentario en la entrada