No habrán noches sin luna.

Me mandastes un mensaje de texto contándome que hay un luna preciosa, y que quieres que te acompañe. Nada más recibirlo, me he asomado un momento por la galería y la he visto.
Y anoche, cuando no podía dormir, también la vi, y pensé en ti.
Te imaginé dormido, como me encanta a mí mirarte, con tus ojitos cerrados y esos rizos que me encantan. Tienes, en ese momento, un nosequé de querubín o de amorcillo victoriano, que tantas veces he visto en ese libro de cuadros que me gusta tanto y que algún día te enseñaré. O quizá no lo haga, porque entonces descubrirás que todo lo que sé, en vez de ser resultado de miles de horas de estudio y observación de pinturas (que las hay, te lo aseguro) es la consecuencia de haberme leído ese libro de principio a fin infinidad de veces, y entonces perderé mi secreto y mi encanto.
En estos días, que, reconozcámoslo, han sido pocos, en comparación con las largas ausencias que han sufrido nuestros progenitores a consecuencia de las trabas de la vida (el servicio militar, el traslado a otra ciudad para estudiar...) te echo mucho, muchísimo de menos. Noto en falta tu voz, aunque sea con ese deje metálico que confiere el teléfono a las voces amadas y echo de menos tu sonrisa, con esa ligera separación entre tus incisivos que me invade de ternura y que me parece, sin duda, uno de los rasgos más simpáticos de tu anatomía, y que no cambiaría por nada.

Anoche, mientras esperaba que el frío hiciera efecto de calmarme y librarme del sofoco de ese miedo irracional y pueril que me da a veces al dormir, vi a mi alrededor la isla dormida. Los hoteles contiguos estaban todos en silencio, luces apagadas, en hibernación. Y me imaginé que, en cada uno de esos compartimentos como celdillas de una colmena, dormían otras personas, otros perfiles reflejados en las paredes, que encierran cada uno unos sueños determinados y distintos, y, bajo aquella luna redonda y brillante, estaba yo, pensando en tí e imaginándote.

Nunca te lo contado, pero desde que estamos juntos, cuando mi miedo a la oscuridad (que a este paso, creo que no se irá ya nunca) es demasiado poderoso y se arraiga a mi nuca como una enredadera a una cornisa, pienso en ti, en tu cara dormida, tus pestañas, tus rizos, la sábana ligeramente arrugada aldededor de tu cara, la almohada ofreciéndote cobijo. Y se me pasa el miedo. Y es más, me atreveré a confesarte que no sólo a mi escotofobia vences, sino a mi miedo general a los infortunios y pequeños baches de la cotidianeidad que en ocasiones tanto me afectan.
Eres el remedio de mis males, y tus ojos son la clave.

Te quiero, bajo la luna y sobre ella.


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Precioso. Ligero e intenso. Como una flor de brillantes pétalos. Como una pequeña luz en una sala oscura. Como tú, alegría en la tierra.

Felicidades.