Siempre me gustaron los hoteles.
Y, en concreto, las habitaciones de hotel, esos privados recintos alquilados.
De ello me di cuenta cuando era muy pequeña, cuando, ante la perspectiva de un viaje, me aseguraba de que nuestra estancia no fuera en casa de nadie conocido, o ni siquiera, de nadie en concreto. Me gustaba que el dueño no tuviera nombre, ni rostro, o que directamente, no tuviera dueño.
Pese a todo pronóstico, la estancia en casa de personas conocidas tienen escaso interés para mí, aunque sean casas que aún no he visitado o personas que conocí hace poco tiempo. Las casas son demasiado evidentes, muestran sin ambages ni tapujos las características y gustos de sus propietarios, carecen de misterio para mí.
En cambio, las habitaciones de hotel me parecen terriblemente estimulantes, con ese aire neutro con el que pretenden ser decoradas, en todas los mismos cuadros impersonales, las lámparas y ropa de cama, el baño, tan aséptico y estéril. Los cepillos y jabones cuidadosamente empaquetados e inviolables. Son como la tundra, lugares desconcertantes y gélidos.
Sin embargo, precisamente debajo de esa aura de estricta imparcialidad se ocultan grandes tesoros, historias fascinantes con cientos de protagonistas distintos.
Dormir en un colchón ya usado muchas veces me hace fantasear con la existencia de mis predecesores; las cuatro paredes del habitáculo donde estoy encierran instantes de amor y odio, curiosidad, viajes de negocios, historias de faldas, contrabando, abuso de menores y todo tipo de perversiones, búsqueda de inspiración para novelas y canciones, infidelidades poderosas y también, estancias anodinas que se pierden en la memoria y no son recordadas ni por sus propios protagonistas.
Toda esa comunicación íntima llevada a cabo en un terreno tan insípido.
No negaré que posiblemente se trate de un pueril sentimiento novelesco provocado por la influencia de la literatura y el cine: las grandes historias suelen fraguarse en la inofensiva protección de un hotel. Pero llevo tiempo acariciando esa sensación y resulta para mí tan deliciosa como una cucharada de miel.
Imagino las carcajadas y conversaciones, la violencia, el deseo punzante, el miedo a lo inevitable, la búsqueda y la pérdida y la lucha constante. Al fijarme en la cabecera de mi cama, advierto una serie de arañazos imperturbables al paso del tiempo, prueba irrefutable de que allí, antes que yo, habría alguien (o alguienes) que entre jadeos y con manos crispadas ha dejado que el esqueleto de metal emerja sangrando bajo su capa de pintura. Aunque claro, la visión de esas señales dependen del empeño que pongan los encargados de mantenimiento en ocultarlas, arreglando los muebles, puliendo la madera, limpiando el hierro y el cristal, pintando los desconchados como una prostituta que intenta fingir la candidez que no posee.
Aquí han pasado familias con niños, matrimonios aburridos buscando en vano un lugar donde perecer, prostitutas, corazones solitarios, jóvenes de viaje...fugitivos, todos y cada uno de ellos, incluida yo. Todos ellos deseando escapar de algo o de alguien, ficticio o real y estar en un sitio que ha servido como área de descanso para cientos de desertores tiene algo especial, punto de encuentro de miles de historias sólo conectadas por esta cama.
Hace frío esta noche. Fantasearé la crónica de la existencia de esos arañazos una vez más.
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